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Interior del ábside de la epístola

Identificador
09199_04_002
Tipo
Formato
Fecha
Cobertura
42º 22' 32.61'' , -3º 26' 12.52''
Idioma
Autor
José Luis Alonso Ortega
Colaboradores
Sin información
Edificio Procedencia (Fuente)

 

País
España
Edificio (Relación)

Iglesia de San Nicolás

Localidad
San Juan de Ortega
Municipio
Barrios de Colina
Provincia
Burgos
Comunidad
Castilla y León
País
España
Descripción
El crucero de la capilla mayor de la iglesia de San Nicolás, cercado por una reja de mediados del siglo XVI, aparece ocupado por un magnífico monumento funerario de estilo gótico realizado en excelente piedra de Briviesca entre 1464-1474 por mandato de Pedro Fernández de Velasco y su mujer Mencía, condestables de Castilla y señores de Haro. Consta el monumento de baldaquino sobre seis arcos conopiales con elegantísimas tracerías -uno de ellos rehecho en la restauración del pasado siglo-, agujas y crestería en la que se dispusieron ángeles que portan escudos con las armas de los Manrique y Velasco. La caja está presidida por la efigie del santo, ornándose los laterales con relieves alusivos a su vida y milagros. En su interior este baldaquino albergaba el excepcional ejemplar de sepulcro tardorrománico, luego conservado en la cripta realizada bajo el crucero en 1964 y hoy expuesto en el ábside de la epístola. Sus medidas son 180 x 92 x 74 cm. La existencia de tal pieza bajo el monumento gótico consta ya desde la construcción de éste, dato conocido gracias al acta mandada redactar por el prior jerónimo, fray Juan de Covarrubias, el 1 de marzo de 1474 y conservada hasta su desaparición en el archivo de la Catedral de Burgos (cf. Nicolás López Martínez, “Apéndice”, en PÉREZ CARMONA, J., 1953 (1975), p. 263, n. 20). En dicha acta se describe la actuación de los frailes, quienes en su búsqueda del primitivo sepulcro de Juan de Quintanaortuño dicen: “quitamos primeramente una tumba de tablas, fecha como ataúd, muy grande, pintada; y tenía pintada hacia la mano derecha cómo el Santo edificaba una fuente, y allí los canteros y maestros que la hacían y él otrosí allí pintado. Y de la otra parte no se pudo saber qué estaba pintado, porque estaba mucho ciego y deshecha la pintura...”. Bajo este ataúd de madera hallaron el sarcófago románico, que parece por la descripción que nunca llegó a contener el cuerpo del santo, el cual se encontraba en otro sarcófago, junto al anterior, dispuesto “en una piedra cavada”. Del que nos ocupa -”de rica obra, según el tiempo”- realiza una descripción el documento de 1474 publicado por Martínez Burgos y Andrés Ordax. Fue trasladado en 1964 a la cripta entonces construida por la Dirección General de Arquitectura bajo la dirección del arquitecto Pons Sorolla, según la memoria y proyecto redactado por José A. Íñiguez Herrero. Tras participar en la Exposición “Las Edades del Hombre” celebrada en Palencia en 1999, fue ubicado en el absidiolo meridional del templo románico. Conserva la caja del sepulcro su tapa, de longitud algo mayor que ésta, y remate a doble vertiente. La lauda se orna con friso de elegantes palmetas entre hojitas de puntas enroscadas, entre una línea de dientes de sierra incisos y entrelazos de cestería. En una de las vertientes de la tapa -la otra quedó inacabada, como si la intención fuese de adosar el sepulcro- se representa, sobre la imagen yacente del difunto, el tránsito del alma del santo, elevada al cielo en un lienzo por dos ángeles psicopompos. Flanquea la escena el cortejo de diez figuras, cinco a cada lado, cobijadas por arcos de medio punto de roscas festoneadas, sobre profusamente ornamentadas columnas y plintos, de fustes sogueados y entorchados y capiteles vegetales de hojas avolutadas. En este cortejo fúnebre distinguimos, a la izquierda de la escena central, una figura mitrada y portadora de báculo en actitud bendicente y, tras ella, otras cuatro de pie, mostrando la palma de la mano derecha y portando báculos en la otra. Al lado derecho, la figura inmediata al santo aparece incensando al cadáver y tras él se disponen cuatro personajes sedentes, el primero portador de un recipiente de incienso o aceites y los otros sosteniendo en su regazo los libros abiertos y recitando la liturgia de difuntos. La anteriormente citada acta de 1474 los refiere del modo siguiente: “e a los pies ciertos Canónigos Reglares, ca según se lee, el Sancto fue Canónigo Reglar”. Esta representación de las exequias del finado es habitual en la escultura funeraria de época románica y gótica, aproximándose nuestro ejemplo a los de los sarcófagos de María de Almenar y sobre todo el infantil de doña Leonor o don Sancho de Las Huelgas, o uno de los conservados en la catedral de Burgos, antiguamente empotrado en la capilla de San Enrique. Las caras laterales de la tapa se ornan, como el de Las Huelgas, con motivos vegetales de tallos enroscados de los que brotan hojas lobuladas y acogolladas, coronando la composición en una de ellas una cruz recruzada. La caja del sarcófago decora su frente con la también tradicional representación de la visión celestial del Pantocrátor rodeado del Tetramorfos portador de filaterias, flanqueada por el colegio apostólico bajo arquerías y arquitecturas figuradas que simbolizan la Jerusalén Celeste. Centra el friso la imagen de Cristo inscrita en una mandorla tetralobulada, al estilo de algunos ejemplos miniados y otros escultóricos, tales los tímpanos navarros de San Miguel de Estella y la Magdalena de Tudela o el relieve, geográfica y estilísticamente más próximo al nuestro, de San Martín de Quintanadueñas. Cristo porta nimbo crucífero y bendice con la diestra, mientras que con la otra mano sostiene el Libro cerrado sobre su rodilla. Los apóstoles se disponen bajo arquerías similares a las de la tapa, de arcos de medio punto moldurados con mediascañas, sobre columnas de fustes entorchados coronadas por estilizados capiteles vegetales de hojas muy pegadas a la cesta sobre el collarino, y que adquieren gran desarrollo al resolverse en remates avolutados; sobre los arcos campean arquitecturas figuradas con ventanales y galerías abiertas en torres circulares. De entre los apóstoles, tonsurados y ataviados con túnicas y mantos de abultados y estereotipados plegados, reconocemos a San Pedro por sus llaves y a San Pablo -asimilado al apostolado como en otros muchos ejemplos- por su alopecia; el resto porta filacterias, libros o sostiene un pliegue del manto mientras muestra la palma de la mano en señal de adoración. Como en el sepulcro de doña Leonor o don Sancho de Las Huelgas, que quizás fuese modelo del nuestro, en el lateral de la cabecera del sarcófago vemos un agnus dei, cordero portador de un lábaro, de abultados mechones triangulares y rizados marcados con puntos de trépano, inscrito en un clípeo floreado que es sostenido por cuatro ángeles. En el otro lateral aparece, como en el citado sarcófago del infante, la escena de San Martín, a caballo, partiendo la capa. Aunque Juan de Quintanaortuño falleció en 1163, este sepulcro debió ser realizado algunos años después. El estilo de la escultura es cercano en composición y estilo al citado sarcófago infantil del monasterio cisterciense de Las Huelgas -datado éste epigráficamente en 1194-, a los dos sepulcros de infantes de la Catedral de Burgos y no lejano de la decoración de las pilas de Cueva Cardiel y Villamiel de Muñó o el ya referido relieve de Quintanadueñas, obras todas de los años finales del siglo XII y primeros del XIII.
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